Juan Rulfo. A 100 años de su nacimiento

Escritor mexicano, nacido en Jalisco, en 1918. Falleció en la Ciudad de México en 1986.

La obra de Juan Rulfo podría leerse como un correlato literario del proceso de desarrollo industrial en México, proyecto nacional clave desde la década del cincuenta. Rulfo abandonó la provinciana Guadalajara para instalarse en la Ciudad de México (añorando por el resto de su vida aquellos orígenes pueblerinos y campesinos); a su vez, la narrativa mexicana cerró con él el ciclo del realismo social y la novela-crónica abierto por la Revolución Mexicana. Juan Rulfo construyó una narrativa sofisticada e innovadora desde un punto de vista formal, sellando el fin del neofeudalismo representado por el caciquismo rural.

Sin embargo, sus cuentos reunidos en El llano en llamas (1953) (V.), o su novela Pedro Páramo (1955), o El gallo de oro (nouvelle de 1980, aunque escrita mucho antes) no pueden leerse sólo en términos de representatividad social. Hay una densidad simbólica en que se cruzan lo universal y lo local, y que hace a su obra única y difícil de comparar. Lo más interesante es que ésta puede leerse simultáneamente en una clave singular, como las historias específicas de algunos personajes, y en una clave social, como la experiencia aglutinadora, colectiva, del pueblo mexicano. En este sentido, por ejemplo, la orfandad simbólica y «real» de Juan Preciado (Pedro Páramo), que desata y hace avanzar la novela desde la primera línea, podría interpretarse a la luz del millón de muertos de la Revolución Mexicana entre 1910 y 1920 y su necesario resultado devastador en las familias.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”. Tal vez no haya, en la literatura de lengua española, un comienzo novelístico tan perfecto, rico y sugerente como éste. El triángulo familiar aparece completo, aunque también la grieta: antes de que Juan Preciado se refiera al ‘abandono’ con palabras de su madre, éste está inscrito en esas cuatro oraciones, como también en el clima emocional de la promesa, la agonía, el amor materno y el filial, la lejanía paterna mezcla de omisión y extrañeza, el respeto ante la muerte ajena, la compasión expresada en un apretón de manos. En esas cuatro oraciones hay tanta historia social como en decenas de ensayos sobre la estructura de la familia, o la sociología, la psicología y la ontología del mexicano. Y todo está concentrado en unas pocas palabras, como rasgo estilístico y como visión del mundo.

La escritura de J. Rulfo es tejido verbal con trasfondo de ausencias. Ante todo, una ausencia clave que es a veces física y otras afectiva: la del padre, que recorre línea por línea sus cuentos y su novela. Evitando la ‘falacia biográfica’ de co(n)fundir la vida literaria con la real, de todos modos resulta legítimo acudir a esos elementos para aproximarse a su visión del mundo.

Rulfo empezó a escribir Pedro Páramo hacia agosto de 1953. Proyectaba titularla “Los desiertos de la Tierra”. Al terminarla en 1954, llevaba el título “Los murmullos”, pero hacia enero-marzo de 1954, se publicó un fragmento en Las Letras Patrias, anunciándolo como parte “de una novela en preparación, Una estrella junto a la luna”. El cambio del título se debió a la publicación de Los falsos rumores, de Gastón García Cantú, en 1955, y en la misma editorial que daría a conocer la novela. Para impedir el equívoco, Rulfo se decidió al fin por el nombre de su personaje: Pedro Páramo.

Muchos son los rasgos notables de este libro, verdadero triunfo de la literatura contemporánea. No en vano alguna vez se la denominó novela «mosaico», y no sólo por la disposición de sus capítulos o partes; también por los múltiples niveles de significación, que constituyen su movediza, cambiante, calidoscópica belleza. Sin embargo, al nivel de las historias nucleadas en torno a los conflictos de los personajes, no hay duda de que son dos las centrales: las tribulaciones de la conciencia religiosa y personal del padre Rentería, quien se niega a perdonar a Miguel Páramo —asesino de su hermano y violador de su sobrina—, y la historia de amor (y desamor) del cacique y Susana San Juan. Si la primera es representativa de la cultura religiosa y criolla en el Jalisco natal del autor, la segunda tiende el arco hacia la inspiración poética de una larga tradición literaria que enlaza en un mismo movimiento el ademán romántico y el temblor gótico, el amor y el terror. Susana San Juan representa a la heroína enajenada (la «belleza turbia») de un cambio estético que, al decir de Mario Praz, transformó lo que en el siglo XVIII era una “actitud intelectual”, en una “actitud de la sensibilidad”.

No se ha advertido hasta hoy con claridad el prodigioso sistema narrativo por el cual Pedro Páramo comienza no como una historia sino como dos historias a la vez, pero contadas en sentido inverso. Muchas veces se la ha descrito —justamente— como la ‘búsqueda del padre por el hijo’ (Juan Preciado, moderno Telémaco que busca a su padre Ulises en el mundo de los muertos), y se ha admirado la habilidad con que Rulfo mantuvo su novela, hasta casi mediarla, sin que el lector descubra que la está narrando un muerto, y que su narratario no es él, sino el cadáver de Dorotea enterrado en la misma fosa que el narrador. Pero junto con este relato que se desplaza bajo un régimen causal de un origen-a-final, hay varias interpolaciones de “otro” relato compuesto por pensamientos ‘sueltos’, imágenes y remembranzas de un sujeto que jamás osa decir su nombre, que en verdad no es un narrador convencional, o que en todo caso está reflexionando su experiencia, recreando su relato en la nostalgia de la memoria.

¿Pertenece Pedro Páramo a la literatura fantástica, o es una versión moderna de los antiguos “diálogos de los muertos” que alcanza su apogeo con la Divina comedia? La respuesta, como ante toda obra nueva y diferente, es sí y no a la vez. Pero no cabe duda de que Rulfo ha aireado y modernizado toda esta literatura anterior, en el proceso de dialogar creativamente con ella. De las novelas góticas del siglo XVIII, con su regusto por los castillos misteriosos, el terror de la decadencia horrible de la muerte, hay trazas en Pedro Páramo, pero ellas están armoniosamente combinadas con la totalidad. Sea la hermana incestuosa que se disuelve en el lodo de la culpa, o los gemidos de los ahorcados untados a las paredes que ocultaron el crimen, o los esqueletos conversando —y oyendo a terceros— desde la sepultura, todas estas imágenes están plantadas en la cotidianidad y no en lejanos ámbitos o en países exóticos. Es en el cruce de las tradiciones literarias con el venero del imaginario popular donde deben buscarse las opciones imaginativas y estilísticas de Juan Rulfo.

Los diminutivos, la precisión adjetival, la frase literaria amoldada perfectamente al habla, a la cual le extrae sus jugos nutricios a menudo llenos de humor, componen el arsenal verbal que el narrador emplea magistralmente. Lo asombroso de la relación de Rulfo con el lenguaje es que éste crezca hacia adentro, que no sólo no prolifere sino que disminuya paulatinamente, incrementando sin embargo su capacidad expresiva. Un ejemplo es suficiente pues se refiere a la secuencia más famosa de Pedro Páramo: su final. La novela termina con la muerte de Pedro Páramo. “Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. Pedro Páramo acaba disolviéndose con la materialidad del paisaje, preanunciada en su nombre mismo. Ese final es de incomparable elocuencia, un hallazgo artístico pleno. Sin embargo, en una versión anterior, Rulfo extendía ese final de modo redundante con la siguiente frase: “Y junto a la Media Luna quedó siempre aquel desparramadero de piedras que fue Pedro Páramo”. Cuando hizo su opción final, Rulfo eliminó esta frase, y tuvo razón en hacerlo. No sólo porque concentró la expresión apretando el texto, sino porque lo mejor de su literatura provenía de la fidelidad a un lenguaje que ya es suficientemente rico como para permitirse extirpar toda demasía. La clave de ese lenguaje y ese estilo interior, murmurado antes que dicho, sugerido antes que exclamado, la da el mismo Pedro Páramo en el momento de morir. “Sin decir una sola palabra” cayó, “suplicando por dentro”. Esa lacónica imagen dice más de lo que dice, y es la mejor manera de hablar del estilo de Rulfo. El desafío permanece para sus lectores: encontrar el nuevo código y el nuevo timbre, correspondientes a los murmullos de su escritura, para aprender a leerlo.

Jorge Ruffinelli/DELAL

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