Historia de la Señorita Grano de Polvo. Bailarina del Sol. Teresa de la Parra. A 128 años de su nacimiento

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“Teresa de la Parra pertenece a la primera generación madura de narradores venezolanos e hispanoamericanos (…) Su obra se aparta de los cánones predominantemente nativistas, ya tradicionales para el momento en que escribe, dando inicio a una novela más moderna, psicológica e introspeccionista (…) Es la primera figura de las letras venezolanas que se hace conocer fuera del país” aseveró Alexis Márquez Rodríguez, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua…”

 

 

HISTORIA DE LA SEÑORITA GRANO DE POLVO. BAILARINA DEL SOL

Era una mañana a fines del mes de abril. El buen tiempo’ en delirio, contrastaba irónicamente con un pobre trabajo de escribanillo que tenía yo entre manos aquel día. De pronto como levantara la cabeza vi a Jimmy, mi muñeco de fieltro que se balanceaba sentado frente a mí, apoyando la espalda en la columna de la lámpara. La pantalla parecía servirle de parasol. No me

veía y su mirada, una mirada que yo no le conocía estaba fija con extraña atención en un rayo de sol que atravesaba la pieza.

—¿Que tienes, querido Jimmy? —le pregunte—. ¿En qué piensas?

—En el pasado —me respondió simplemente sin mirarme— y volvió a sumirse en su contemplación

Y como temiese haberme herido por la brusquedad de la respuesta:

—No tengo motivos para esconderte nada —replico—. Pero por otro lado, nada puedes hacer !ay! por mí; y suspiro en forma que me destrozo el corazón.

Tomo cierto tiempo. Dio media vuelta a las dos arandelas de fieltro blanco que rodean sus pupilas negras y que son el alma de su expresión. Paso esta al punto de la atención intima, al ensueño melancólico. Y me hablo así:

—Sí, pienso en el pasado. Pienso siempre en el pasado. Pero hoy especialmente, esta primavera tibia e insinuante reanima mi recuerdo. En cuanto al rayo de sol quien, clava a tus pies, fíjate bien, la alfombra que transfigura, este rayo de sol se parece tanto a aquel otro en el cual encontré por primera vez a . . . !Ah! siento que necesitaras suplir con tu complacencia la pobreza de mis palabras!

—Imaginate la criatura más rubia, más argentina, más locamente etérea que haya nunca danzado por sobre las miserias de la vida. Apareció y, mi ensueno se armonizo al instante con su presencia milagrosa. ¡Qué encanto! Bajaba por el rayo de sol, hollando con su presencia deslumbrante aquel camino de claridad que acababa de recordármela. Suspiros imperceptibles a nuestro burdo tacto animaban a su alrededor un pueblo de seres semejantes a ella, pero sin su gracia soberana ni su atractivo fulminante. Retozaba ella con todos un instante, se enlazaba en sus corros, se escapaba hábil por un intersticio, evitaba de un brinco el torpe abrazo del monstruo-mosquito ebrio y pesado como una fiera… mientras que un balanceo insensible y dulce la iba atrayendo hacia mí. —Dios mío ¡que linda era!

—Como rostro no tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una forma precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo hubiese podido sonar y que eran precisamente los mismos con que sonaba cuando pensaba en el amor. Su sonrisa en vez de limitarse a los pliegues de la boca se extendía por sobre todos sus movimientos. Así, aparecía, tan pronto rubia como el reflejo de un cobre, tan pronto pálida y gris como la luz del crepúsculo, ya oscura y misteriosa como la noche. Era a la vez suave como el terciopelo, loca como la arena en el viento, pérfida como el ápice de espuma al borde de una ola que se rompe. Era mil y mil cosas más rápido que mis palabras no lograban seguir sus metamorfosis.

—Quede larguísimo rato mirándola invadido por una especie de estupor sagrado… De pronto se me escapo un grito. . . La bailarina etérea iba a tocar el suelo. Todo mi ser protesto ante la ignominia de semejante encuentro, y me precipite.

—Mi movimiento brusco produjo extrema perturbación en el mundo del rayo de sol y muchos de los geniecillos se lanzaron, creo que por temor hacia las alturas. Pero mis ojos no perdían de vista a mi amada. Inmóvil, conteniendo la respiración, la espiaba con la mano extendida. ¡Ah divina alegría! La mayor y la última ya de mi vida. En esa mano extendida había ella caído. Renuncio a detallarte mi estado de espíritu. El corazón me latía en forma tan acelerada que en mi mano temblorosa, mi dueña bailaba todavía. Era un vals lento y cadencioso de una coquetería infinita.

—Señorita Grano de Polvo… le dije.

—¿Y cómo sabes mi nombre?

—Por intuición, le conteste, el… en fin… el amor.

—El amor, exclamo ella. ¡Ah! y volvió a bailar pero de un modo impertinente. Me pareció que se reía.

—No te rías —le reproche—, te quiero de veras. Es muy serio.

—Pero yo no tengo nada de seria —replico—. Soy la señorita Grano de Polvo, bailarina del Sol. Se demasiado que mi alcurnia no es de las más brillantes. Nací en una grieta del piso y nunca he vuelto a mi madre. Cuando me dicen que es una modesta suela de zapato, tengo que creerlo, pero nada me importa puesto que soy ahora la bailarina del Sol. No puedes quererme.

Si me quieres, querrás también llevarme conmigo y entonces ¿qué sería de mí? Prueba, quita tu mano un instante y ponía fuera del rayo.

Le obedecí. Cual no fue mi decepción cuando en mi mano, reintegrada a la penumbra, contemple una cosita lamentable e informe, de un gris dudoso, toda ella inerte y achatada. ¡Tenía ganas de llorar!

—¡Ya ves! —dijo ella—. Esta ya hecha la experiencia. Solo vivo para mi arte. Vuelve a ponerme pronto en el rayo de sol.

Obedecí. Agradecida bailo de nuevo un instante en mi mano.

—¿De qué cosa es tu mano?

—Es de fieltro, contesté ingenuamente.

— ¡Es carrasposa! exclamo. Cuanto más prefiero mi camino aéreo —y trato de volar.

Yo no sé qué me invadió. Furioso, por el insulto, pero además por el temor de perder a mi conquista, jugué mi vida entera en una decisión audaz. Sera opaca, pero será mía, “pensé”. La cogí y la encerré dentro de mi cartera que coloque sobre mi corazón.

Aquí está desde hace un año. Pero la alegría ha huido de mí. Esta hada que escondo, no me atrevo ya a mirarla tan distinta la sé, de aquella visión que despertó mi amor. Y sin embargo prefiero retenerla así que perderla de un todo al devolverle su libertad.

—¿De modo que la tienes todavía en tu cartera?, —le pregunte picado de curiosidad.

—Sí. ¿Quieres verla?

Sin esperar mi respuesta y porque no podía aguantar más su propio deseo, abrió la cartera y saco lo que se llamaba: “la momia de la señorita Grano de Polvo”. Hice como si la viera pero solo por amabilidad, pues en el fondo, no veía absolutamente nada. Hubo entre Jimmy y yo un momento de silencio penoso.

—Si quieres un consejo —le dije al fin— te doy este: Dale la libertad a tu amiga. Aprovecha ese rayo de sol. Aunque no dure más que dos horas serán dos horas de éxtasis. Eso vale más que continuar el martirio en que vives.

—¿Lo crees de veras? —Interrogó él mirándome con ansiedad—. Dos horas.

¡Ah, qué tentaciones siento. Si, acabemos: sea!

Así diciendo, saco de su cartera a la señorita Grano de Polvo y la volvió a colocar en el rayo. Fue una resurrección maravillosa. Saliendo de su misterioso letargo la bailarinita se lanzó loca, imponderable y como espiritual, idéntica a la descripción entusiasta que me había hecho Jimmy.

Comprendí al punto su pasión. Había que verlo a él inmóvil, bocabierto ebrio de belleza. La voluptuosidad amarga del sacrificio se unía a la alegría purísima de la contemplación. Y a decir verdad, su rostro me parecía más bello que la danza del hada, puesto que estaba iluminado de una nobleza moral extraña a la falaz bailarina.

De pronto, juntos, exhalamos un grito. Un insecto enorme y estúpido, insecto grande como la cabeza de un alfiler, al bostezar acababa de tragarse a la señorita Grano de Polvo.

¿Qué más decir ahora?

El pobre Jimmy con los ojos fijos consideraba la extensión de su deleite. Nos quedamos largo rato silenciosos incapaces de hallar nada que pudiese expresar, yo mi remordimiento y el su desesperación. No tuvo ni para mí, ni para la fatalidad siquiera una palabra de reproche, pero vi muy bien como bajo el pretexto de levantar la arandela de fieltro que gradúa la expresión de sus pupilas, se enjugo furtivamente una lagrima.

 

 

Acerca de Biblioteca Ayacucho

Biblioteca Ayacucho es uno de los sucesos editoriales de mayor trascendencia en el ámbito cultural latinoamericano. Desde su creación en 1974, ha venido fortaleciendo su propósito fundamental: mantener en permanente actualidad las obras clásicas de la producción intelectual del continente, desde los tiempos prehispánicos hasta las expresiones más destacadas del presente. Esta institución adscrita al Ministerio del Poder Popular para la Cultura, orienta su atención hacia un vínculo con el pasado cultural, examinado desde la perspectiva contemporánea, para registrarlo en un amplio repertorio bibliográfico que evidencia la relación profunda de los pueblos de América Latina a través de su creación artística y literaria, creencias, tradiciones y pensamiento. Biblioteca Ayacucho asume la misión de asegurar el cabal cumplimiento de un proyecto editorial que garantice la preservación y difusión de la memoria de esta América, poniendo a disposición de los diferentes públicos lectores, en diversas colecciones y formatos, una mirada rigurosa y exhaustiva sobre un sentido posible del continente.

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