El 25 de abril de 2011 fallece el escritor chileno Gonzalo Rojas

Poeta chileno, nacido en 1917. Fue  profesor desde 1948 en universidades chilenas, y a partir de 1974, durante su exilio político y después de él, en universidades alemanas, venezolanas y norteamericanas. En 1992 fue galardonado en España con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Rojas publicó su primer libro, La miseria del hombre en 1948, el segundo, Contra la muerte en 1964 y el tercero, Oscuro, en 1977. A partir de allí, el ritmo de sus publicaciones se aceleró  y, al mismo tiempo, recibió la creciente y muy merecida atención crítica que le faltó casi completamente por décadas. Se le considera en el ámbito americano como par de sus contemporáneos José Lezama Lima y Octavio Paz. Su voz poética es única entre los poetas vivos regionales.

Pertenece a la llamada Generación del 38. Por entonces, se incluyó en el grupo vanguardista Mandrágora, que él mismo caracterizó como «una traslación, en cierta medida, del surrealismo»

La primera característica externa que se nota en las obras publicadas de Gonzalo Rojas es que, en rigor, escribió siempre un solo libro y se propuso hacer patente esa continuidad de su trabajo poético. Cada volumen nuevo tiene juntas y mezcladas, sin atención a la cronología, poesías recientes con otras de medio siglo atrás. A menudo, las antiguas traen cambios que van desde pequeñeces hasta modificaciones sustanciales. A veces se trata solamente de la supresión de una mayúscula. Otras, un poema que fue largo se ha quedado reducido a unos pocos versos del original.

El libro único, permite varias agrupaciones temáticas. El propio autor, al elaborar Oscuro, redujo a tres las cinco secciones de que se componía su primer libro. Podría decirse que son las propias características del contenido de los poemas de Rojas lo que los convirtió en una bella incomodidad para el pensamiento crítico hasta antes de la aparición de Oscuro, y también lo que tendió sobre ellos una suerte de cortina opaca. El reconocimiento que recibieron fue entusiasta, pero no rebasó el círculo de los entendidos. Creemos que fue justamente la libertad que manifestaban lo que impidió su acceso al gran público lector. No podía hacerse ampliamente apreciada una poesía donde la contradicción parecía ser la norma. Que aceptaba, por ejemplo, lo numinoso, la presencia de lo divino, en el mundo, pero declaraba «Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada» («Contra la muerte») y que manifiesta una herejía que es «el modo en que una religiosidad hace crisis de manera insoluble, pero sin que el agente de esa crisis abandone el campo de los valores religiosos» (Lihn, 40). Que adhería a la causa de la justicia social, pero sin aceptar las estrecheces de la literatura panfletaria o ideológicamente controlada. Que manifestaba creer fervorosamente en el papel integrador del amor, pero descreía de la Verdad. El propio Rojas ha dicho: «En lo que he escrito, he tratado de ver el parentesco que existe entre la variedad infinita de las cosas» (Coddou, 1986:14). Creemos que esa intención y la concreta manera en que la ha ido convirtiendo en poemas es lo que Rojas entiende como presencia de lo «numinoso».

Una palabra final sobre dos temas de forma. El material de lengua con que está hecho el libro de Rojas es una última extrañeza o una última originalidad. Cuando es casi un mandato estético terrorista huir del ritmo, Rojas lo incorpora como uno de los elementos productores de sentido en su poesía, y no sólo como concordancia entre el ritmo de sus palabras y el sentido de esas palabras, sino tomándolo de las formas clásicas del ritmo español. Casi de cualquier metro clásico pueden encontrarse frecuentes ejemplos en esta poesía, que no desdeña nada que aproveche a la libertad de sus propósitos. Y en relación con ello está el empleo del lenguaje coloquial. Se la ha comparado en este aspecto con la de Nicanor Parra y hallado que mientras ésta hace consistir su carácter de anti-poesía (V. Poemas y antipoemas) en la transgresión de las esperanzas de un lenguaje «elevado» que tienen (o tenían) los lectores cultos, la de Rojas utiliza libérrimamente los dos registros, el poético y el vulgar (J. Giordano, 1987: 201). Una muestra más de la actualidad de su poesía, que esperó a que la historia alcanzara el grado de libertad que ella siempre tuvo, y está recibiendo por ello la atención y la adhesión de que la sienten merecedora el público y la crítica.

[Jorge Guzmán]

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